“Sé testigo de cómo la red de la historia atrapa a los buenos, y los malos toman lo que no les pertenece”
Tal y como se relata en la saga de Assassin’s Creed, en el principio de los tiempos, los humanos convivían con una raza más poderosa que ellos. Tal era así que hasta fueron considerados “dioses”. Sin embargo, su poder no era divino, ya que simplemente poseían una tecnología avanzada que permitía a seres como Minerva o Juno controlar a los humanos para someterlos y convertirlos en esclavos.
Para ello, utilizaban unas armas conocidas como fragmentos del Edén, cuyos efectos, entre otros, eran la desmoralización, locura, control corporal, control mental (como el cetro del edén, curación (como la “Sábana Santa de Turín”), daño físico increíble (como puede ser la Espada del Edén o “Excalibur), etc.
Cansados de esta situación, dos seres humanos llamados Adán y Eva; que, además, eran inmunes a los ataques de los fragmentos, consiguieron hacerse con una de estas piezas, originando así una guerra entre la humanidad y sus dioses en el que los dos bandos salieron perdiendo.
Los fragmentos del Edén, que se habían ido perdiendo conforme pasaba el tiempo, fueron resurgiendo, llegando a convertirse en objetos religiosos o reliquias. Así, y gracias al sujeto 16, se descubrió que, a lo largo de la historia, las piezas del Edén habían estado en manos de muchos personajes históricos, tanto asesinos como templarios, tales como Napoleón, George Washington, Gandhi, Thomas Edison o Hitler.
Como podemos observar, la historia del fruto del Edén es muy similar a los relatos que se cuentan sobre el origen del mundo y del ser humano del Génesis, primer libro del Antiguo Testamento.
Según los escritos, Adán y Eva fueron los primeros seres humanos que existieron y, como creaciones de Dios, se les permitió vivir en el Paraíso o en el Jardín del Edén bajo una condición: tenían prohibido comer los frutos del conocimiento del bien y del mal.
“Y Yavéh Dios le dio al hombre un mandamiento; le dijo: «Puedes comer todo lo que quieras de los árboles del jardín, pero no comerás del árbol de la Ciencia del bien y del mal. El día que comas de él, ten la seguridad de que morirás.»” (Génesis 2:16-17).
Pese a esta advertencia, Eva se sintió tentada por la Serpiente que la incitó a comer de dicho árbol, rechazando la propuesta de Dios y decidir por sí mismos acerca del bien y del mal. Así, Dios puso querubines al oriente del huerto del Edén y una espada ardiente para impedir que el hombre pudiera volver para comer el fruto del Árbol de la Vida, provocando así que la raza humana fuera mortal e imperfecta.
Curiosamente, estos frutos del Edén tienen forma de manzana, aunque en el libro del Génesis jamás se especifica qué tipo de fruto era.
Según la creencia judía, existen tres posibles frutos que podrían ser del antiguo árbol del conocimiento:
- Uva: Puede ser signo de bendición o de perdición, dependiendo de cómo se utilice.
- Higo (especialmente si es negra), ya que Adán y Eva usaban hojas de higuera para cubrir sus intimidades, lo que hace suponer que estaban cerca de una higuera.
- Etrog o citrón: Es uno de los cuatro frutos que usan los judíos en la festividad de Sucot, que simboliza la armonía de conocimiento de Torá y práctica de buenas acciones (los preceptos); como dando a entender que aquel fruto que permitió la conciencia moral, es el que también habilita a cumplir cabal y voluntariamente con los preceptos del Eterno, sobreponiéndonos a nuestra poderosa inclinación a lo negativo.
Entonces, si según el judaísmo los frutos del árbol del conocimiento pueden ser alguno de esos tres, ¿por qué tiene forma de manzana? Bien, para ello es necesario recurrir al latín, ya que la manzana, en latín, es mālum; mientras que “malo” en latín es mălum. Como podemos observar, son dos palabras que se parecen mucho.
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